Cronica: El sombrero del zorro

Pantalones azules de mezclilla, camisa clara, una chamarra de cuero café y un sombrero que hacía juego. Pegada al costado, la cartuchera en la que llevaba su revólver. Entre las manos, un juego de binoculares de tipo militar y en el rostro lentes foto cromáticos. Era Carlos Sánchez Berzaín, quien vigilaba los cerros que rodeaban a Sorata desde la plaza principal de aquella ciudad, debajo de un sol que prometía estar allí todo el resto del siglo. La ropa fina, su colorada piel, cabello rubio y bigote lo volvían inconfundible: era el ministro de Defensa. Ya lo habían reconocido todos.

Carlos Sánchez Berzaín - Foto: Intenet
Los vecinos lo contemplaban con sorpresa. Murmuraban apenas. Observaban casi en silencio como elZorro obligaba al chofer de una camioneta a bajar toda su carga para transportar turistas hasta La Paz. Con un fajo de billetes en la mano, el hombre duro del Gobierno pagaba a buses y otros motorizados disponibles para que saquen a toda la gente que quedó atrapada en la ciudad por culpa del bloqueo de caminos iniciado por las comunidades aledañas. Después de despachar a un convoy de casi 60 vehículos con escolta militar, el temerario ministro retornaba a los binoculares para asegurarse que todo marchaba bien. Estaba tan confiado que había dejado a sus dos guardaespaldas a dos cuadras de la plaza. Ni siquiera podía verlos, pero no le importaba. Hasta ese momento todo había funcionado a la perfección. Los caminos habían sido abiertos, los viajeros ya estaban en camino hacia la sede de gobierno y nadie, absolutamente nadie se había animado a reclamarle por su irrupción repentina en el pueblo. Tenía previsto volver a La Paz a primeras horas de la tarde, informar de todo a Gonzalo Sánchez de Lozada y brindar una conferencia de prensa en la que relataría a los periodistas los detalles de su exitosa y bien planificada acción. Sonrió apenas un segundo y borró con un solo musculo su gesto. Las satisfacciones se festejan en silencio.

El operativo de Sánchez Berzaín empezó en la madrugada. Militares y policías llegaron hasta los puntos de bloqueo antes de que salga el sol y gracias a las motosierras que habían aportado los bomberos retiraron con facilidad los troncos con los que los campesinos lograron cerrar el paso de movilidades. Mientras todos dormían, los caimanes y volquetas ingresaron a Sorata a la espera de la llegada del ministro. El Zorro no viajaba por tierra con frecuencia, prefería trasladarse en helicóptero. Alrededor de las 07:00, aterrizó en una cancha de fútbol de la ciudad que estaba apenas a cinco cuadras de la plaza principal. Instruyó al personal militar que lo acompañaba que espere allí mientras él y los dos responsables de su seguridad comenzaron a subir de prisa las gradas para encontrarse con los viajeros varados. Los turistas y sorateños residentes en otros puntos de Bolivia que quedaron atrapados en aquella población desde la semana anterior llegaron hasta allí para participar de la fiesta del pueblo que anualmente se celebra el 14 de septiembre. El sorpresivo cierre de carreteras instruido por las subcentrales agrarias aledañas los obligó a permanecer casi una semana más en el lugar. ElZorro repartió amabilidades y seguridades de que todos llegarían a destino. Para cualquiera que lo viera, era un hombre amable y decidido a ayudar al prójimo.

Con otros bloqueos en Caranavi, Peñas, Achacachi, Huarina y Warisata, además de las protestas en El Alto y la huelga de hambre del Mallku en la radio San Gabriel, el conflicto de Sorata no estaba entre las prioridades del Gobierno durante la semana previa al operativo. Sin embargo el panorama cambió cuando se supo que súbditos extranjeros estaban en la región: había turistas norteamericanos, neozelandeses, alemanes e ingleses en el grupo de varados. Ese hecho podría servir de coartada para justificar una intervención violenta ante la opinión pública. La situación que se vivía en aquella localidad generó más atención cuando la Policía reportó que algunos colonizadores sorateños comenzaron a hostigar y extorsionar a los grupos de turistas. La agresividad hacia los visitantes fue denunciada por algunos de los viajeros que lograron romper el bloqueo pagando a los comunarios. También se sabía que varios de los visitantes, ya sin dinero para alojamiento y comida, comenzaron a vender sus pertenencias y dormir en los buses. Casi 1.000 personas permanecieron atrapadas y al borde de la desesperación hasta el sábado que Sánchez Berzaín emprendió la acción de desbloqueo. Antes de llegar hasta Sorata, en la madrugada del 20 de septiembre, militares y policías también sorprendieron a los manifestantes atrincherados en Warisata y el cuartel de Qalachaca. Todos los puntos de corte de ruta y centros de operaciones de la rebelión aymara habían sido identificados una tarde antes por el propio Sánchez Berzaín que sobrevoló la zona en helicóptero.

Jaime Roque, dirigente de la subcentral agraria de Sorata y funcionario de la dirección distrital de educación de esa región, siempre presumió de valentía en momentos de conflicto y la aparición del ministro de Defensa, sin escolta y en mitad de la plaza de Sorata, fue la oportunidad perfecta para demostrar que no era un hablador. Después de conversar unos minutos con Adelio Pérez, otro dirigente de la comunidad Ilabaya, decidieron encarar a Sánchez Berzaín y obligarlo a firmar un compromiso para la construcción de la carretera asfaltada que uniría a su población con Warisata. Incluso ya tenían lista la hoja de papel en la que se redactaría el improvisado acuerdo entre los campesinos y el Zorro. Alistaron todo en una farmacia, en una de las esquinas de la plaza principal, mientras Sánchez Berzaín subía a los viajeros atrapados en camiones, flotas y buses de la Policía.

Jaime y Adelio se envalentonaron más cuando notaron que algunos pobladores, a una prudente distancia, comenzaban a gritar “fuera Zorro” y lanzar algunos insultos hacia el colaborador de Goni. Cuando casi eran las 10:00 se animaron a acercarse. “Disculpe, señor ministro, ¿podemos conversar? Queremos hacer una reunión con usted para firmar un compromiso para el camino asfaltado”, le dijo Roque. Sánchez Berzaín los miró un minuto, se secó el sudor empolvado de la frente, miró al resto de la gente y siguió en lo suyo sin responder. No les hizo caso. Tenía otras preocupaciones y se movía deprisa. En persona iba despachando a las seis docenas de vehículos cargados con turistas y visitantes, pagaba a los choferes el costo total de los pasajes en efectivo y vigilaba que la carretera permanezca despejada gracias a la presencia militar. Pérez insistió: “Señor ministro, queremos reunirnos…”. No hubo respuesta.

La población de Sorata contemplaba lo que sucedía y reaccionaba de diferente manera. Un grupo de señoras salieron en defensa del Zorro y comenzaron a insultar a los dos dirigentes acusándolos de “indios” y “achacacheños”. Otros vecinos, que apoyaban el bloqueo de caminos, silbaban al ministro y lo acusaban de asesino. La tensión y polarización que su presencia generaba crecía con el pasar del tiempo. Todos podían ver el revólver que asomaba por debajo de su saco de cuero y por eso no se acercaban mucho. Cada minuto que pasaba la plaza se llenaba más. Llegaban curiosos, campesinos identificados con el MNR desde hace décadas y también pobladores que eran parte de las movilizaciones. Sánchez Berzaín no prestaba atención a las reacciones, pero sí tenía tiempo para abrazar y recibir el agradecimiento de los turistas que estaba por rescatar. A ellos sí les estrechaba la mano y los saludaba con cordialidad. Hizo varias pausas para saludar sonriente como retribución por los aplausos que le llegaban desde los buses. Los forasteros lo trataban como a su salvador y él se movía con confianza, a pesar de que sabía que sus guardaespaldas y escolta militar se encontraban lejos. El hombre fuerte del Gobierno manejaba la situación con soltura, casi sin exhibir nerviosismo alguno. Ocasionalmente se comunicaba con La Paz y con los contingentes militares que aguardaban en Achacachi y Warisata a través de su teléfono celular de última generación. Un Nokia con luz blanca y tapa que se desliza para abajo. Todo marchaba bien, pero su comportamiento característico le jugó en contra.

Despachada la última movilidad, los silbidos se multiplicaron contra el hombre que contemplaba a todo y a todos desde los binoculares prestados que llevaba. Como último gesto temerario gritó en voz alta: “Estos son bloqueadores, bloquear es contra la ley y ahorita los vamos a capturar y llevarlos”. Fue demasiado lejos. La soberbia y antipatía con la que trató a los que se acercaron a invitarlo a firmar un compromiso ya había molestado a varios. Su amenaza final precipitó todo. Ya no quedaban turistas gringos para aplaudirlo y los viejos campesinos emenerristas eran la minoría frente a la población enfrentada al Gobierno. Cuando Sánchez Berzaín lo advirtió, era demasiado tarde. Ya eran cinco los hombres que estaban muy cerca de él. Casi lo rodeaban. Apenas a media cuadra de distancia, cuatro decenas de colonizadores afiliados a la subcentral agraria que organizó los cortes de ruta durante toda la semana lo contemplaban amenazantes. Avanzaban hacia él. Ellos ya sabían que el ministro de Defensa los sorprendió en la madrugada y rompió su bloqueo. También sabían que el camino quedó militarizado y una persona había sido detenida en Warisata. A lo lejos estalló el primer cachorro de dinamita.

“Que no se escape el Zorro”, gritaron varios. Él decidió apurar el paso hasta donde se encontraban sus guardaespaldas. En mala hora decidió instruirles a los guardaespaldas que lo esperen a unas cuadras. En mal momento ordenó a la escolta militar que permanezca en la cancha junto al helicóptero. Casi corría mientras escuchaba la rabiosa silbatina a su alrededor. Salió por un callejón que lo llevaría hasta el campo deportivo cuando sintió la primera patada en una de sus piernas. El impacto no logró que pierda el equilibrio. Después comenzaron a zarandearlo y jalar su saco, ahí se cayó su sombrero. El apuro y la persecución le impedían pedir auxilio por teléfono o sacar su revólver. Sentía el polvo en sus manos y su cara. No tenía más opción que seguir la caminata y abrirse paso entre los insultos, golpes y empujones. Al fin pudo divisar a sus encargados de seguridad, que corrieron a rescatarlo con premura. Lo rodearon y trataron de frenar a los cinco hombres que se animaron a perseguirlo. Los fornidos agentes no lograron su objetivo y la presión continuaba. A Sánchez Berzaín sólo le faltaba bajar una calle con gradas y descender por un corto camino de tierra para llegar a su helicóptero.

Apenas faltaban unos metros para que llegue a la aeronave militar. Sin embargo cuando pensó que los guardaespaldas habían contenido a los campesinos y se encontraba a salvo, lo volvieron a alcanzar. Eran Jaime Roque y Adelio Pérez, que ya no estaban interesados en negociar ni firmar ningún documento. Otra vez se movía entre los empujones cuando sucedió... El ministro giró en medio del forcejeó y recibió el primer revés en su rostro. Fue un impacto directo, justo debajo de su ojo derecho. Un puñetazo limpio, casi de boxeador. Cuando pudo reaccionar se dio cuenta que lo tenían sujeto por la cintura mientras le llegaban más patadas y golpes de puño. Otros pobladores habían llegado hasta el lugar y los agentes de seguridad poco podían hacer para defenderlo porque también eran víctimas del enojo de los sorateños. En medio de la golpiza, las mujeres que lo defendieron en la plaza trataron de acercarse a él para devolverle su sombrero. Ya no importaba. En su intento por escapar también había extraviado su moderno teléfono celular. Parecía que todo el pueblo estaba alrededor de la cancha. Al final, sólo las ráfagas que dispararon los militares desde el helicóptero pudieron dispersar a la gente y liberar al maltrecho y asustado Carlos Sánchez Berzaín. Fueron los primeros disparos. Lo que acababa de suceder se convertiría en una fuerza incontenible. El temor del Zorro se convertiría en furia. Nadie imaginaba lo que se vendría en los siguientes minutos. En medio de la polvareda que abrazaba un calor lleno de escupitajos, insultos, patadas, abarcas, disparos y dos señoras bien vestidas que sostenían un sombrero en la mano, había comenzado la guerra del gas.

*Fragmento de “La última tarde del adiós”, libro de periodismo narrativo que el autor presentará en la Feria Internacional del Libro que comenzará en un par de semanas.

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